
La adolescencia es, desde siempre, una etapa de exploración identitaria. Es el momento en que el joven comienza a separarse del núcleo familiar, a probar límites, a ensayar pertenencias y a buscar un lugar propio fuera del entorno seguro. Ninguna generación estuvo exenta de movimientos, modas o expresiones que incomodaron al mundo adulto.
El llamado movimiento Therian no es nuevo. Existen antecedentes desde hace décadas. Lo que sí es nuevo es su visibilidad masiva. ¿Por qué hoy parece estar en todas partes? La respuesta no está tanto en los adolescentes como en los algoritmos. Las redes sociales amplifican aquello que genera controversia, indignación o burla. Lo que despierta emociones intensas circula más rápido.
En ese contexto, padres confundidos y adultos enojados —muchas veces idealizando un pasado que tampoco fue tan ordenado— reaccionan con una mezcla de desconcierto y hostilidad. Aparecen comentarios que van desde la ironía hasta propuestas directamente violentas: “encerrarlos”, “mandarlos a un zoológico”, “darles comida para perros”. La viralización no solo expone a los jóvenes que se identifican con ciertos animales; también expone algo del malestar adulto frente a una adolescencia que no termina de comprender.
Desde el punto de vista psicopatológico, es fundamental mantener prudencia. No se puede realizar ningún diagnóstico a partir de un video editado de 50 segundos. Para evaluar clínicamente cualquier conducta necesitamos tiempo y contexto. Necesitamos saber:
- ¿Hay sufrimiento subjetivo?
- ¿Existe aislamiento o deterioro funcional?
- ¿Hay ruptura del juicio de realidad o convicción delirante sostenida?
Si no podemos responder estas preguntas, no podemos afirmar que “están locos” ni que “están perdidos”. En psiquiatría, el diagnóstico no se construye sobre fragmentos virales sino sobre entrevistas, historia evolutiva y evaluación del entorno.
Atiendo y converso a diario con adolescentes. La mayoría tiene una postura crítica hacia estas expresiones identitarias extremas. No se trata de un fenómeno homogéneo ni representativo de toda una generación. Sin embargo, la reacción social pareciera serlo: el escándalo se generaliza con facilidad.
Si después de ver un reel en el que un joven de 16 años dice sentirse zorro y responde que no estudia porque “los animales no estudian” sentís bronca o indignación, vale la pena detenerse un momento. En esos 50 segundos es imposible saber cuánto hay de provocación, cuánto de ironía, cuánto de juego, cuánto de desafío adolescente, cuánto de sufrimiento o cuánto de historia personal detrás de esa frase.
Quizás el punto más interesante no sea el movimiento en sí, sino lo que despierta. La adolescencia siempre ha generado inquietud en el mundo adulto. Cada época tuvo su motivo de escándalo. Lo que cambia hoy es la escala y la velocidad con la que circulan las imágenes.
En la consulta, lejos del ruido de las redes, las cosas suelen ser más complejas y menos caricaturescas. La clínica exige tiempo, escucha y matices. Las redes, en cambio, premian la reacción inmediata.
Tal vez el fenómeno no hable tanto de jóvenes que se identifican con animales, sino de adultos que, frente a algo que no comprenden, reaccionan con rechazo antes que con curiosidad. Y eso sí es un fenómeno digno de ser pensado.
