Pueden pasar meses sin recibir ningún tipo de ayuda. El colegio lo sugiere, algún terapeuta lo recomienda, la familia observa cambios. Distintos adultos perciben que ese adolescente necesita una evaluación, pero él rechaza la idea de consultar.
Muchos padres atraviesan esta situación sosteniendo dinámicas familiares de alto sufrimiento. En ocasiones aparecen dificultades escolares importantes o incluso abandono escolar, mientras el adolescente rechaza cualquier propuesta de ayuda en salud mental.
Muchos adolescentes no se perciben a sí mismos como el problema. En ocasiones consideran que quien debería cambiar es su entorno. Esto vuelve más compleja cualquier derivación a tratamiento.
¿Se puede hacer algo en esta situación?
¿Por qué a veces es tan difícil que un adolescente acepte tratamiento?
Suele haber distintas razones por las que un adolescente no quiere recibir ayuda, y más aún si eso implica consultar con un profesional de salud mental.
Es relativamente frecuente encontrar dificultades en la conciencia del problema, lo que en términos técnicos llamamos “falta de insight”. Esto implica que la persona no reconoce que necesita ayuda. Puede observarse en cuadros graves, pero también en situaciones mucho más habituales de la adolescencia.
Esto no es exclusivo de esta etapa, pero adquiere características particulares en esta edad, donde suelen aparecer desafíos vinculados al crecimiento y al intento de separarse de las reglas, especialmente de aquellas que se establecen dentro del propio hogar.
En otras ocasiones no se trata de negación del problema, sino de la propia etapa evolutiva. El adolescente puede no registrar su malestar como algo que requiera intervención profesional.
En algunos casos, el adolescente funciona como emergente de una situación familiar o escolar. Es decir, como el fusible que se activa cuando existe una tensión mayor en el sistema. A veces las familias atraviesan duelos, conflictos o dificultades económicas que no siempre se expresan de manera explícita, pero pueden manifestarse a través de síntomas en uno de sus hijos. Algo similar puede ocurrir en el ámbito escolar.
También pueden existir situaciones vinculadas a redes sociales que los padres desconocen y que generan culpa, vergüenza o temor. Los cambios en el humor, el aislamiento, las alteraciones del sueño o del apetito pueden ser la expresión visible de algo que el adolescente no logra comunicar.
Imaginemos el caso de un adolescente que se involucra en un casino online y utiliza dinero familiar destinado a otra finalidad. La culpa puede llevarlo a aislarse, mostrarse irritable, dejar de comer o faltar al colegio. Los padres, al observar solamente la conducta, pueden responder con enojo, lo que refuerza el silencio y dificulta que el joven pueda explicar lo que le sucede.
Como vemos, las razones por las que un adolescente no quiere recibir ayuda pueden ser múltiples y complejas.
¿Qué pueden hacer los padres?
Una de las primeras cosas que suelo transmitir es que la ayuda no siempre tiene que comenzar por el propio adolescente. Que los padres se acerquen a consultar ya es un paso importante.
Cuando hablamos de padres también podemos referirnos a aquellos adultos referentes del adolescente que estén preocupados por su situación.
En general, no suele ser una buena estrategia comenzar un proceso de ayuda de manera obligada. En algunos casos puede ser necesario, sobre todo cuando existe algún tipo de riesgo importante, pero no es la situación a la que apunta este escrito. Antes de llegar a ese punto suele haber zonas intermedias, donde existe preocupación, pero todavía no se justifica una intervención coercitiva.
También es importante recordar que en el mundo adulto puede existir cierta dificultad para reconocer que algo no está funcionando y solicitar orientación. Si a los adultos nos cuesta pedir ayuda, no debería resultarnos extraño que a los adolescentes también les suceda.
Por último, puede ser útil intentar salir de los sentimientos de enojo que la situación conflictiva del adolescente puede generar en los padres o referentes. Cuando comenzamos a pensar que el adolescente “es vago”, “nos manipula” o “miente”, resulta más difícil construir un clima que facilite la ayuda.
En ocasiones puede ser conveniente que otro miembro de la familia intervenga. Correrse momentáneamente no significa abandonar el problema ni entrar en desesperanza. Puede ser simplemente una forma de tomar distancia, recuperar energía y encontrar una manera más eficaz de intervenir.
Palabras finales
Como puede verse, no existen respuestas simples ni listas de pasos para resolver estas situaciones. Muchas veces el primer paso consiste en que el miembro de la familia más preocupado busque orientación profesional con alguien de confianza.
Si el adolescente realmente estuviera atravesando un problema que requiera ayuda profesional, e incluso eventualmente algún tipo de tratamiento farmacológico, con más razón conviene avanzar con prudencia al comienzo, pero de manera firme, siempre que la situación clínica lo permita.
Dr. Juan Castellanos
Médico Psiquiatra
Especialista en Psiquiatría Infantil y Adolescente
Buenos Aires – Atención presencial y virtual

