Introducción
Tu hijo tiene 6 años y se cae jugando en la plaza. En la guardia médica, tras realizarle una radiografía del tobillo, detectan una fisura que no parece ser grave. Un médico sugiere la posibilidad de una cirugía, mientras que otro opina que solo necesitaría una férula o una bota en el tobillo.
El primero argumenta que con la cirugía la recuperación sería rápida —quizás en dos días— y que se evitaría la pérdida de masa muscular. Sería una intervención más agresiva, pero aparentemente más veloz. El segundo desaconseja la cirugía e indica los riesgos de la operación de una manera bastante alarmante.
Como padres, ustedes quedan en el medio de dos decisiones que parecen estar bien fundamentadas, especialmente si comienzan a investigar el tema.
Este es un caso particular, con un diagnóstico claro, pero con tratamientos diametralmente opuestos. La encrucijada parece extrema, pero en cierto modo es sencilla: ¿se opera o no se opera?
Aun así, la confusión persiste: ¿a quién se le hace caso? Dos médicos, dos enfoques, dos intervenciones, y pareciera que ambos podrían tener razón.
¿Quién toma la decisión en este caso? Sabemos que el niño no lo hace. La decisión recae sobre los padres.
Algo similar ocurre en Salud Mental
Ahora imaginemos un terreno un poco más confuso. No tan claro y con muchos más actores que dos médicos o dos escuelas de saberes. Tampoco imaginemos una situación puntual, sino un trayecto, un recorrido que se va construyendo con el tiempo.
Este suele ser el caso de muchos padres cuando se enfrentan a que uno de sus hijos tiene un problema de salud mental.
Podemos pensar en el caso del autismo en niños muy pequeños. Padres preocupados porque notan que su hijo tiene algo: una dificultad, una rareza, algo que no termina de cerrar.
Los padres están con su hijo de 3 años y, al consultar con el primer médico —el pediatra—, este les dice que esperen, que hay procesos y desarrollos con los tiempos de cada niño. Esto no es una indicación inadecuada ni terrible; al contrario, puede ser bastante prudente, sobre todo si existe confianza en el pediatra.
Pero luego aparece otro comentario. Un papá de la salita de tres dice: “Ojo, porque a un vecino le dijeron que no era nada y, por actuar tarde, tuvieron un hijo con autismo que perdió años de terapia porque nadie les prestó atención”.
Ahí aparece la consulta con un psicólogo.
Pero entonces surge otra pregunta: ¿tiene que ser un psicólogo? ¿Y si tendría que ser un psicopedagogo? ¿Por qué no un neurólogo infantil?
Cuando estas preguntas empiezan a aparecer, surge otro actor importante: el colegio. Desde la sala de tres años informan que el niño no mira a las maestras y que a veces les pega a otros chicos.
Ahí aparece la confusión total.
Y, para completar el panorama, está internet con todo lo que uno pueda averiguar —de bueno y de malo— y las redes sociales, que nos dicen 180 tips para ser buenos padres, para poner límites, para que el niño coma sano, preste atención y vaya al baño todos los días.
Un terreno complejo
Este es un terreno complejo, marcado por una multiplicidad de discursos y enfoques profesionales.
Nos encontramos ante dilemas como: ¿hay que esperar o hay que intervenir? ¿Ser pacientes o no perder años?
La evidencia científica sugiere que una terapia es mejor que otra. Existen profesionales que se centran en el diagnóstico y otros que prefieren evitarlo.
Un terapeuta puede sugerir una consulta psiquiátrica, mientras que otro desaconseja la medicación argumentando que el niño es muy pequeño.
Hay profesionales que ofrecen una opinión rápida sin una evaluación exhaustiva, y otros que solicitan una batería de estudios que puede llevar un año completar.
El derrotero puede seguir, y los padres sienten que eligieron la mejor opción. Consultaron a profesionales médicos y psicólogos, tramitaron un certificado de discapacidad y recibieron un diagnóstico de autismo.
Uno pensaría que el proceso terminaría allí. Pero muchas veces no es así.
Estos padres continúan expuestos a distintas opiniones y, en ocasiones, el niño termina siendo el último en ser escuchado en esta situación.
A diferencia de la radiografía del tobillo del primer ejemplo, en salud mental no existe un marcador específico que indique cuál es el diagnóstico correcto. Por lo tanto, no siempre contamos con la certeza de que el camino de tratamiento elegido sea el adecuado.
A esto se suma la preocupación de los padres por el futuro de su hijo, lo que genera angustias que aparecen en los consultorios y que muchas veces dificultan la intervención.
Otra problemática actual, incluso en pleno siglo XXI y a pesar del avance en las comunicaciones, es la dificultad para lograr un verdadero trabajo en equipo entre los distintos actores involucrados.
Qué se necesita
El cambio que se necesita no es un movimiento grande, sino colectivo.
Pensar en la infancia —aunque suene a cliché— debería ser el eje central. Cuando nos sentimos perdidos, es allí donde deberíamos volver: ¿qué necesitan los niños?
Necesitan apoyo, pero no un sobreapoyo. No debemos “tapar” a nuestros hijos con ayuda excesiva, porque sabemos lo que ocurre cuando alguien se siente sofocado.
El pediatra, el vecino, el colegio, el psicólogo, el padre y la madre forman parte del entorno del niño y participan de su desarrollo.
La interpretación que cada uno haga de lo que sucede es fundamental, porque muchas veces es la que terminará definiendo —e incluso escribiendo— el recorrido de ese niño.
Todos debemos contribuir con la mejor información que podamos aportar. Pero también debemos reconocer cuándo no sabemos quién puede ser el guía del proceso.
Me explico mejor: como vecinos, no podemos decirle a alguien lo que tiene que hacer si no entendemos completamente la situación. Tampoco vamos a responsabilizar al vecino, porque no se le supone un saber más allá del sentido común.
Pero cuando hablamos de escuelas, medios de comunicación y profesionales, sí necesitamos actuar con responsabilidad.
Deberíamos establecer un eje común: unir lo posible con lo indicado y, si está respaldado por evidencia, mejor aún.
No podemos determinar cuál es el mejor tipo de escolaridad si no sabemos cómo trabaja una escuela o cómo está funcionando una institución.
Sí podemos opinar y expresar lo que pensamos, pero siempre con responsabilidad.
Qué se necesita de nosotros, los médicos
En lo que respecta a la parte estrictamente médica —psiquiatras infantiles, psiquiatras de adultos y neurólogos—, la responsabilidad y el criterio deben ser lo más profesionales posible.
Sabemos que la evidencia en la literatura suele ser controvertida y que muchas veces faltan estudios. Sin embargo, es con lo que contamos.
Podemos argumentar que una terapia es mejor que otra, pero para recomendarla debemos ubicarnos en el contexto particular de cada caso y de cada lugar.
Existe evidencia que señala que alrededor de 20 horas semanales de terapia en niños con autismo pueden contribuir a un mejor desarrollo y pronóstico, favoreciendo que ese niño pueda desenvolverse de manera más autónoma en el futuro.
Pero esto no significa que deban ser exactamente 20 horas al pie de la letra o que, si no se cumple ese número, nada vaya a suceder.
Tampoco significa que deban indicarse 20 horas sin evaluar qué se está haciendo en esas terapias, solo por cumplir rigurosamente una indicación.
Prudencia y evidencia podrían ser dos palabras clave.
Y, sobre todo, debemos buscar llevar tranquilidad a los padres, no preocupaciones ni promesas.
Conclusiones
En situaciones como estas, donde aparecen múltiples opiniones, diagnósticos y caminos posibles, muchas familias sienten que avanzan entre incertidumbres. No siempre es sencillo saber cuál es el paso siguiente. En esos momentos, detenerse, ordenar la información disponible y volver a poner al niño en el centro suele ser el primer movimiento necesario.

